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De innovación, ¡poco!

Leo el artículo de nuestra Ministra, Drª Garmendia, “Ciencia e Innovación: ahora más que nunca” en EL PAIS, y, como es natural, estoy parcialmente de acuerdo con ella.
Cuando dice que ”el estado de nuestra economía y las predicciones sobre su futura evolución han llevado a asumir niveles de incertidumbre que hubieran sido impensables unos meses atrás” parece que se olvida de que hace más de un cuarto de siglo que algunos venimos demostrando que esta situación no puede seguir así y que es necesario realizar una drástica reducción de la jornada laboral, vid. legaltoday.com sección opinión mi comentario “Recuperar el equilibrio del mercado”.
Comparto la actitud de que “más que lamentarse por los problemas, es hora de trabajar en las soluciones”, pero un problema mal planteado no tiene solución. Es necesario identificar el problema para poder plantearlo adecuadamente y, ¡sólo entonces!, buscar la solución que tiene que, en este caso, es la reducción de la jornada laboral. Por no haberlo hecho ha ocurrido la evidencia que ella señala, citando al Prof. Krugman: “la lenta evolución de la productividad que nuestra economía ha registrado en las dos últimas décadas”. Pero la disminución de la productividad, si se mide bien, es mucho más antigua.
Coincido en parte con su otra propuesta, la del Prof. Krugman “para combatir con la debilidad es preciso seguir apostando por la innovación”; en realidad lo que hay que hacer es “empezar a apostar [a nivel nacional] por la innovación”. Por mucho ue sorprenda eso no será posible mientras no ocurra una reducción de la jornada laboral.
Su definición de productividad “cociente entre el valor añadido bruto y el coste total de los factores,– capital y trabajo” es errónea y por ello su conclusión “la primera de las opciones para aumentar la productividad es reducir el denominador, es decir, controlar el coste de los salarios”. En primer lugar, se ha olvidado del coste de las materias primas y energía, que tendrían que ir en el denominador; en segundo lugar, que el cociente también aumenta al reducir el coste del capital.
Preguntarse “¿por qué nuestra economía no ha sido capaz de incrementar el valor añadido bruto de su producción?”., es un mal planteamiento del problema; la respuesta, en parte correcta, no es, por ello, “la respuesta”; ésta exige considerar otros factores. Tampoco es cierto que “hasta hace pocos años no hemos invertido de una forma sistemática en innovación”; ni mucho menos, ¡seguimos sin hacerlo!.
Está bien infundir optimismo usando datos favorables, pero el sentido real de los datos va más allá de su expresión numérica. Se alegra de que “nuestra producción científica ha experimentado un gran dinamismo – crece cuatro veces más rápida que la media de la producción internacional”. Pero ese crecimiento vertiginoso lo único que demuestra es la situación de precariedad de la que partimos. Todas las curvas son asintóticas; sólo el que empieza está en el primer tramo de alta pendiente.
Además, nuestras patentes no crecen en esa proporción y de ahí es de donde procede el desarrollo económico. Cita “el esfuerzo … de multiplicar por 2,9 el gasto público en investigación, desarrollo tecnológico e innovación desde 2004”, un factor que multiplica varios sumandos heterogéneos; pero la suma exige homogeneidad
Afirmar que los “incentivos fiscales a las inversiones empresariales en I+D…entre las más favorables del entorno de la OCDE”, exige considerar si lo son, o sólo son ayudas para disminuir la inversión en el capital invertido por la empresa y, así, poder dar más dividendos. Si se comparan los incrementos de beneficios de las empresas cotizadas, son todas dos y tres veces, y aun más, que los incrementos salariales. La solución no es “reducirle el chocolate al loro”
El “desafío de la sociedad española, iniciar su transición hacia una economía basada en el conocimiento”, quienes tenemos memoria histórica nos hace sonreir. Ya se nos dijo al promulgar la anterior Ley de la Ciencia.. Por tanto, non bis in idem.
Su plan “no se trata sólo de invertir más en I+D, sino de invertir mejor”, permite una precisión: si se invierte es poco, por bien que se haga puede ser inútil. Sus ejemplos de inversión “laboratorios de gran envergadura que compiten en el espacio europeo de investigación”, no se si son lo mejor. Si ya compiten, déjelos que sigan; preocúpese más de aquellos que aun no compiten porque no llegan a tener esa gran envergadura por falta de inversión. Ahí está la mayor tasa marginal de beneficio.
Decir que la “creación de los Institutos de Investigación Sanitaria … reviertan directamente en la salud de nuestros ciudadanos”, merece una respuesta cheli: “no nos venda la moto”. Su influencia no llegará antes de un cuarto de siglo. La repercusión directa e inmediata vendrá, o no vendrá, de la mejora del sistema asistencial. Pero un, año tras año es más y más penoso: un día descubrimos que no hay pediatras, al otro que faltan geriatras. Los que ni somos niños ni viejos sufrimos en carne propia la creciente falta una atención en la calidad, el aumento de las listas de espera y su fraudulenta disminución mediante operaciones de “ingeniería sanitaria”.
Respecto de Bolonia, vid. legaltoday.com sección opinión mi comentario “Luces y sombras de Bolonia”. Las maravillas de la futura nueva Ley de la ciencia no cambia el presente y me recuerda a Huarte de San Juan; hace varios siglos decía: “buen político es el que en vez de hacer nuevas leyes se empeña en que se cumplan las ya promulgadas”; ¡sigue teniendo razón!.
Falta algún comentario sobre una situación grave que empeora año tras año: los investigadores logran estabilidad en su trabajo a los 40 años, hace pocos años era a los 37,5, algo insólito en relación con jueces, abogados del Estado, etc., ninguno de los cuales tiene ni su formación científica ni la experiencia internacional acreditada.
Eso tras 15 años de estafa profesional derivada de que, mientras trabajaban investigando no eran considerados “legalmente” trabajadores. El resultado es claro, no podrán jubilarse con el 100 % de la prestación ni aunque trabajen hasta los 70 años. Inician su carrera investigadores víctimas de una estafa y la coronan con otra.
La razón es la falta de recursos: no dotar las plazas necesarias seleccionando a los mejores candidatos por concurso oposición. Sin ser el mejor de los sistemas es el menos digital y más transparente; mucho más que ese invento de papanatas del tenure track., sin duda adecuado para otras sociedades donde no existe cuerpo de notarios, donde los jueces los elige el pueblo, etc.
En España esa carrera existe dentro del esquema funcionarial. El resultado inmediato, e irreversible, será una selección menos transparente y menos pública. Mucho menos mérito y capacidad, como establece la Constitución. Todo en aras de la “excelencia (¿)”, ¿hay quien se oponga a conseguirla?, pero que sólo, al parecer, interesa para los investigadores. Pero planteémonos la situación:
1.- ¿Qué daño puede hacer un investigador que no sea “excelente”?. Poco, si hay los suficientes, con lo cual también los habrá excelentes.
2.- ¿Qué daño puede hacer un juez “no excelente”. ¿Qué daño puede hacer un médico “no excelente”?. ¡Ni cuento!; con lo que nos asustan las noticias diarias, basta.
El Gobierno sólo busca la excelencia, un truco para gastar poco porque, dicen, no hay suficientes excelentes, en lugar de aumentar el número de trabajadores que investigan que se necesitan para recoger toda la mies, que es mucha. El iceberg de los “excelentes” se verá cuando, por debajo haya una inmensa masa que no sobresale. ¡That’s the question!: “la excelencia se da por añadidura”.
El objetivo del empresario es ganar dinero. Si la mano de obra es barata no invertirá en I+D. Sólo si se reduce la jornada laboral y se encarece el coste salarial será más interesante comprar un camión con grúa, que descargarlo a mano. Ese camión lo fabricarán otros trabajadores más cualificados. Empleo y productividad aumentarán, en la fábrica de camiones-grúa, y en la empresa del que los utilice
Bien están los incentivos fiscales, pero la I+D aumentará si se reduce la jornada laboral, pero sin reducciones de aficionados condenadas al fracaso de antemano como la de Francia.
Está bien decir “Además, el 2009 no sólo es el año de la crisis, también es el Año Europeo de la Creatividad y la Innovación, ¿lo intentamos?”. Hágalo por favor, pero no copiando el “tenure track”; esa copia irreflexiva carece de ella; es sólo un mimetismo propuesto por paletos a los que, por lo menos, les falta creatividad.
Alfonso J. Vázquez. Profesor de Investigación del CSIC

Enviado por alfonso el Mié, 2009-04-01 06:06.
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